20 sept 2009

Son las estaciones las que cada vez cambian, las circunstancias que dan botes en el unísono y los placeres culpables que no poseen adioses. Ayer todo se mezclo y se disolvió en un agujero sin fin. A lo lejos mi madre lloraba despacio conteniéndose la melancolía de perder a un hijo. Se escuchaban los cantos tan armoniosos que llenaban todo el palacio, como amaba el eco que producían, mas que a mi propia vida. Son cristales de rocío provenientes del cielo, que iluminan lo pecaminosos que somos algunas veces y lo poco que escuchamos. Un silencio nupcial, era yo y esa pared en la cual siempre me apoye, mi eterno silencio chocaba con las melodías que salían de la boca que se posaba en toda la multitud, frente de ella no sentía, no lloraba, no dolía, solo dejaba un espacio intangible dentro de mi pecho, hasta para mi misma se me hacia difícil escudriñar, sin dimensiones, abismante. Afuera corría deprisa el viento, quería acariciar los viejos pilares de mármol que sostenían las ilusiones, pero por más que lo intentase, caían como la pluma livianamente dejando marcado el piso. Era un espejismo para todos, una sombra que se dibujada en cada recuerdo y dejaban irse en aquel lugar.

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