
Se marcho lejos esa noche, llevaba su equipaje de bellos recuerdos, las cartas, las fotos, los regalos, los juguetes de niña, llevaba todo aquello que le sirviera para recordar y empezar otra vez. Caminaba lento por la calle para ver si alguien, aunque fuese un extraño le detuviese pero el viento le ayudaba a marcharse y las gráciles palabras le calaban hondo. Sentía mucha tristeza al dejar a todo el mundo, abandonar a todos los que le dieron alguna vez una mano amiga o una palabra de aliento, a su madre que le entrego todo su cariño incondicional. Eran tantas las vivencias que se le venían a la mente que todavía rodaban como si fuera ayer cuando ella corría por el patio de la casa de su abuela a los cinco años o cuando salió por última vez a una fiesta y como olvidar sus amores llenos de intrigas siempre, de cosas que quedaron en el aire simplemente.
Llevaba la vista perdida entre la multitud, no encontraba una cara amiga, una facción, un gesto que le hiciera recapacitar. El cansancio cubrió su cuerpo, las calles solitarias y mendigas de limpieza la acogían en un rincón entre la puerta de una casa y las baldosas, acurrucada y en silencio cerro su corazón, dejo de llorar…estaba lejos y pensaba en decir sutilmente un adiós sin dolores, sin mascaras ni falsas razones…el sueño sombra eterna, la atacaba en paralelo y sentía el abismo entre el pecho y la pared, entre la carne y los huesos, entre lo que fue y no fue.
La sinfonía dulcemente iba acabando: las palabras, las miradas, las personas, los libros, los cantos, los llantos, las alegrías, las partituras sin historia, sin aliento iban desapareciendo, lentamente se alejaba de todo el mundo. Se perdió entre la bruma espesa de esa mañana en que nadie supo de su partida, ni menos de los escritos dejados para quien los quisiera tomar.
El cielo se abría en dos, para dejarle espacio a su marcha sin paradero.
Llevaba la vista perdida entre la multitud, no encontraba una cara amiga, una facción, un gesto que le hiciera recapacitar. El cansancio cubrió su cuerpo, las calles solitarias y mendigas de limpieza la acogían en un rincón entre la puerta de una casa y las baldosas, acurrucada y en silencio cerro su corazón, dejo de llorar…estaba lejos y pensaba en decir sutilmente un adiós sin dolores, sin mascaras ni falsas razones…el sueño sombra eterna, la atacaba en paralelo y sentía el abismo entre el pecho y la pared, entre la carne y los huesos, entre lo que fue y no fue.
La sinfonía dulcemente iba acabando: las palabras, las miradas, las personas, los libros, los cantos, los llantos, las alegrías, las partituras sin historia, sin aliento iban desapareciendo, lentamente se alejaba de todo el mundo. Se perdió entre la bruma espesa de esa mañana en que nadie supo de su partida, ni menos de los escritos dejados para quien los quisiera tomar.
El cielo se abría en dos, para dejarle espacio a su marcha sin paradero.

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